jueves, 7 de julio de 2011

El juego de la mentirosa que no sabía mentir.



Aprendí a mentir a los dieciséis años.
Mi mamá me preguntó cómo me había ido en la escuela, le dije que bien. La verdad: No había ido al escuela.
Cuando escuché las palabras salir de mi boca y la recreación de un día inexistente me percaté de que algo no andaba muy bien, o todo estaba bastante mal. No lo voy a negar, y no lo pensé dos veces, me gustó, mentir me gustó.
Creo que ya estaba un poco grandesita, tenía una conciencia, quizá no muy desarrollada, aun no me había emborrachado ni probado un cigarro, pero yo había descubierto algo mejor: el juego de la mentira.
Caí en él de un día para otro, me encantaba la ida y vuelta de mis ojos por el espacio, mientras más decía, más pensaba y más quería que las personas de mi alrededor continuaran con sus deseos de escucharme, y lo hacían.
Conté de todo y a todos, y el tiempo volaba porque mis palabras hacían que así fuera, aunque era una mentira, en realidad el tiempo no pasaba nada rápido y las manecillas pesaban una sobre otra.
En fin, hable y le platiqué a la gente. Me gustaba salir a la calle y colarme entre las pláticas, las manifestaciones y las gentes. ellos eran mis historias, mi inspiración y mi futuro. No había necesidad de hojas, de anotar alguna palabra clave o cosa similar, no, tenía una memoria muy buena, y una excelente cabeza para mentir.
Así fue como un día, o quizá al siguiente, o al siguiente del siguiente descubrí que lo que más me apasionaba era contar mentiras y jugar yo misma a creérmelas. Creo que así comencé a crear mi propia magia, con ese eterno manoteo al hablar, con esos ojos que creen ver y hacerte ver, sí tal vez ese día que pudo no haber sido ese, mientras me inventaba a mi misma me creí la historia y la mentira, y bueno aquí estoy, creyéndome las realidades que de hecho no saben tan reales como aparentan. Pregúntamelo a mi...

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