jueves, 4 de agosto de 2011

De viaje


'Me escondo entre títulos que asemejen un encuentro casual. Causal. Creo o quiero pensar que tú haces lo mismo'

Salí a buscar-te, pero en el camino me topé con una mujer de cabello largo, muy largo. Y me perdí en él.
Era oscuro, oscuro como el miedo de la noche, como el miedo de dormir. También era infinito, infinitamente profundo, como el mar y tus ojos de marinero. ¿Te había yo dicho antes que tienes ojos de marinero? Pues los tienes. Profundos, cansados, tristes y solitarios. Tus ojos, también me dan miedo y me duelen a la vez, me duelen como un silencio indebido dentro de una carcajada, me duelen como los amantes, como ellos 'Los enamorados'. Así acostumbran llamarlos los de por aquí. Ambos son altos y delgados. Sin edad. Ella, que podría tener veinticuatro, siempre viste de blanco y tiene dieciséis. Y Él, que tiene treinta y dos, siempre viste de negro y podría tener cuarenta y cuatro. Vuelven a casa a las seis cuarenta. Puntuales. Neutrales. Su neutralidad, también me recordó algo. Era como parte de una fotografía sin tiempo, era como lo utópico y lo típico dentro de la magia del sin sabor. Era como tú, sí, también estabas ahí. Esa fotografía que pudo haber sido tomada por aquel hombre y su maleta que llevan tres horas sentados aquí, esperando el tren que se ha marchado hace cinco años. Lo espera. Le llaman 'El Doctor', pero realmente parece tramoyista retirado. Un amante de Polichinela que sueña con alcanzar algo burdo y frágil. Sonríe y me ve, y entre el cambio del tiempo y el espacio veo su cara y me recuerda a la tuya (o ¿debería decir a la de vos?). Aunque con un poco de detenimiento y una profunda observación, puedo decir que, lo único que tienen de común es la pasión indescriptible que yo siempre he querido retratar en un relato.
Y sigo queriendo, entre Andares tan perfectos, tratar de escribir-te una pequeña carta (aunque de principio yo quería buscar-te) pero algo no anda bien. Me resulta claramente imposible y más ahora que lo he visto a él. Ese otro yo que parece perseguido por la locura de los dioses. Su sonrisa, sus manos. Todo él. Se sientan a platicar con un gato olvidado de un panteón. Y cuando no consigue escucharse a si mismo, saca una taza de su chamarra y le habla, para después pegarla a su oído.
Lo veo y pienso que el podría ser yo y yo podría ser el. Aquí, insignificantes. Queriendo sacar unas frases de mis manos. Exprimiendo sin sentido alguno el color de los miles de sueños que ya te he contado antes. Y tú y este lejano mundo y ellos. Y otra vez tú repasado y posado dentro de las calaveras, de los techos rotos y las falsas alarmas, y otra y otra y otra vez. Ese tú inventado por mi para no creer en la fatalidad de los viajes sin regreso, este tuyo tan mío que me acondiciona de momento en la desesperación de una búsqueda sin encuentro total.
Vaya ritual de viaje que nos hemos hecho todos. Desconocidos. Que muy a la antigua o muy a la no se qué,inevitablemente siempre esperamos a que pase el primer tren...

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